Celebrar goles, victorias y títulos es el ápice del fútbol. No hay mucho que refutar sobre esa verdad. Por otro lado, el buen y viejo deporte bretón jamás llegaría a convertirse en el fenómeno social, cultural y mediático que es hoy si ese fuera el único motivo para que miles de personas se reunieran alrededor de un rectángulo de césped de cerca de 7 mil metros cuadrados.
El fútbol es, por encima de todo, identidad. Es pertenencia. Es, quizá, el espacio donde aún podemos ejercer nuestros instintos más tribales; lo que, lamentablemente, también carga consigo sus miserias. Y es por todo eso que todavía hay, en cualquier rincón del planeta, estadios y canchas rústicas, con un público ínfimo, en duelos válidos por divisiones subterráneas, lejos de cualquier reflector.
Es así con la Suburbana, en Curitiba. Al fin y al cabo, ¿qué hace que alguien salga de su casa en una tarde de sábado para asistir a un partido de fútbol amateur, en una división equivalente al séptimo u octavo nivel de la pirámide del fútbol brasileño? No es la calidad del juego; no es la experiencia cinematográfica de un estadio estándar FIFA; ni siquiera el 10 contratado por una cantidad exorbitante de dinero. Es, justamente, el sentido de pertenencia.
Según la psicología, pertenecer es una necesidad humana básica. Necesitamos estar relacionados directamente con un grupo de personas o incluso con una causa que, necesariamente, también está conectada con otras personas. El fútbol nos proporciona eso de forma visceral.
La Suburbana, así como cualquier otra competición, va mucho más allá de los partidos; mucho más allá de los 90 minutos. Y esa pertenencia se manifiesta de diferentes formas por los barrios de Curitiba.
De manera más inmediata, está la conexión con las comunidades. En los tradicionales Trieste e Iguaçu, la relación histórica con la colonia italiana; en Fortaleza y en Vila Sandra, la representación de polos urbanos de la clase trabajadora. Con rarísimas excepciones, cada club enarbola una bandera que representa a cientos y hasta a miles de personas en sus respectivos barrios.
En las rejas de los alambrados o en el cemento de las gradas, la identidad de cada lugar se expresa en los detalles. En el União Ahú, los mismos rostros, las mismas miradas de cada fin de semana; una forma de vivir el fútbol más intimista, casi discreta. En el Pilarzinho, lo opuesto: gradas llenas, el sonido de la batería, el humo de las bengalas; es la cultura del fútbol en su estado puro. Y cada club tiene su propia manera de vivir.
En todos los estadios, sea cual sea su perfil, la pertenencia también se manifiesta en los pequeños rituales. En el pan con bife, en el pagode pospartido, en la superstición del utilero, en la charla despreocupada del hincha con el crack del equipo, con el técnico y hasta con el presidente de las agremiaciones. Vivir la Suburbana es vivir el fútbol de un modo que, en los grandes escenarios, ya no se vive más.
Pertenecer, por cierto, no es algo exclusivo de quienes están del lado de afuera de las cuatro líneas. Incluso en una Suburbana semiprofesionalizada y con el dinero teniendo un poder de decisión cada vez mayor, todavía podemos ver a aquellos que visten la camiseta del club del barrio en el que viven o que besan el escudo de sus clubes con amor verdadero.
Así ha sido desde la década de 1940. Ser curitibano - o estar curitibano - pasa, casi que obligatoriamente, por estar al borde de una cancha de fútbol del suburbio. Porque vivir el fútbol es ser quien se es; pero nunca en soledad.